
Cuadro 185 (1962) (Detalle). Manuel Millares. Colección Masaveu ©Manolo Millares, VEGAP, Madrid, 2026 © de la reproducción: Fundación María Cristina Masaveu Peterson. Foto: Marcos Morilla
En el contexto de la exposición Colecciones Masaveu. Arte textil, la Fundación María Cristina Masaveu Peterson presenta una nueva exposición del programa Obras invitadas, concebido para mostrar periódicamente piezas de artistas representados en las colecciones Masaveu con el objetivo de dar mayor visibilidad a este fondo y ofrecer nuevas perspectivas sobre algunos de sus autores más destacados.
Aunque artistas como Joan Miró o Pablo Picasso habían utilizado telas en sus collages de los años veinte, sustituyendo la representación por el material real como un modo de acabar con el ilusionismo de la pintura tradicional, solo a partir de los cincuenta el tejido cobró protagonismo en España como medio pictórico. Los artistas informalistas introdujeron hilos, cuerdas, cosidos y tejidos en sus obras para romper con el plano visual y responder a la penuria y oscuridad de la posguerra.
Manolo Millares comenzó a utilizar sacos de arpillera en 1954. Poco a poco fue abandonando los pictogramas canarios que habían caracterizado su obra anterior y apagando su gama de colores para dar preeminencia al tejido, recortado, cosido o arrugado en un bulto amorfo, y pintado con simples planos o chorretones de colores básicos. Sustituye así la expresividad del dibujo por la de la materia, creando representaciones vagamente antropomorfas que remiten a las momias guanches, pero también al desgarro de un tiempo herido y necesitado de suturas.
El uso de materiales poco ortodoxos e híbridos en el arte de esos años caracteriza asimismo la obra de Manuel Rivera, que hacia 1956 abandonó por completo el lienzo para trabajar con mallas metálicas, comerciales o realizadas a mano. Jugando con sus diferentes tramas y aperturas, superponiéndolas para crear sombras y transparencias, las agrupa, en sus inicios, creando formas fragmentadas y azarosas. Más adelante construiría con ellas estructuras geométricas tensadas aprovechando el bastidor y generando un juego de luces y sombras gracias a su separación del soporte o el muro.
Las obras de Millares o Rivera, que pueden relacionarse con las experimentaciones textiles de Josep Grau-Garriga o Aurèlia Muñoz, así como con las de Antoni Tàpies, otro pionero en el interés por el tejido, se expusieron en las muestras que el Museum of Modern Art de Nueva York dedicó en los años sesenta al assemblage como método característico de la época.
Susana Solano se separa radicalmente de la voluntad antiformal de estos artistas. Por el contrario, sus primeros ensayos textiles de los años 1979-1980, momento inicial de la llamada «Nueva escultura española», utilizaban los pliegues y cosidos para dar forma tridimensional a un material blando y flexible. La pieza en esta sala aprovecha la maleabilidad del plomo para hacer del pliegue un gesto escultórico elemental. El título, Doblec n.o 10, hace referencia a ese gesto, pero también al doble sentido de la obra como escultura abstracta o como trapo de cocina, al que remiten las rayas pintadas.
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