ÁLVARO DE VICENTE BLANCO

Becado de Excelencia Académica de la Fundación María Cristina Masaveu Peterson
Convocatorias V, VI, VII y VIII, IX y X (2012-2017)

Pronto nos damos cuenta de que, en la vida, todos los acontecimientos se pueden clasificar en dos tipos: lo que se elige y lo que no. Lo que no se escoge radica en los eventos que son más grandes que las personas: las inclemencias de la naturaleza, los tropiezos de la Historia o, incluso, los ideales. Si, como nos corresponde, nos ceñimos a lo personal, lo que no se escoge nace frecuentemente de un pasado en el que nadie nos ha preguntado, en el que nadie nos ha pedido opinión o permiso para tomar decisiones que son determinantes para nuestras vidas en la actualidad. Poco o nada tendrá que ver quién eres o hacia dónde se dirige tú destino cuando tus progenitores han decidido mudarse al campo dejando atrás la ciudad, si son personas que cultivan el cuerpo y la mente, si han optado por tener un único hijo o una descendencia más amplia, si en esta casa todo el mundo come a las tres o si puedes hacerte lo que quieras, mira a ver qué hay en la nevera y qué te apetece.

La consecuencia directa de ello es que, frente a la inexorabilidad del presente, cada uno construye su historia de una forma particular. Cada uno en su hacer, dejará una impronta particular: lo que elige. Aún así, al pararnos a reflexionar, nunca alcanzamos la certeza de saber cuánto de nuestras acciones ha sido deliberadamente escogido y no fruto de nuestro aprendizaje emocional y sociocultural. Los caminos de la decisión pueden ser sondables, pero nunca llegan a desprenderse totalmente de la propia incógnita sobre el verdadero sentido. Siendo así, cabe preguntarse: ¿por qué hacemos lo que hacemos?

Incluso asumiendo tal poso de incertidumbre, formularse esa pregunta en primera persona del singular es una empresa arriesgada. Al menos para mí, es complicado ganar la perspectiva suficiente como para poder llegar a aventurar qué me mueve. Y esta, como todas las preguntas por el sentido, es de doble filo: con la misma facilidad pueden ser sustrato de una voluntad de hierro como tornarse en un mar oscuro de inseguridad y desorientación.

Por mi parte, considero que siempre he sido una persona curiosa; cuando algo se cruza en mi camino quiero saber más, entender mejor el qué, el cómo, el dónde, el porqué. Mirando al pasado cercano puedo comprobar que esto es una constante de mi periplo universitario: en mi afán inicial por la investigación biomédica, en la determinación por convertirme en médico, en el interés por la psicología… y también en lo extraacadémico y lo interpersonal: me he aficionado a muchos mundos -como el jazz, el teatro, la filosofía o la poesía- y a las personas y figuras que encierran una complejidad o un misterio que son absolutamente magnéticos para mí. Definitivamente, el ser curioso, no lo escogí.

Sin embargo, el cultivar esa curiosidad sí ha sido una elección personal: nunca he rechazado una oportunidad para expandir los límites de mi interacción con la realidad. De pequeño, quise practicar todos los deportes, y visitar todos los países. Más adelante escogí aprender alemán y aprender  a usar una videocámara. Al final de la  adolescencia, me decanté por estudiar medicina, dejar atrás el hogar y trasladarme a Madrid. Guiado siempre por la intuición de que, detrás de lo desconocido, de lo que puede que abra caminos, de las situaciones teñidas de incertidumbre, es donde más se aprende y donde más se puede crecer.

Y entre esas decisiones cada vez más serias, más comprometidas, más adultas… elegí hace siete años presentar una candidatura para entrar a formar parte de la red de becados de la Fundación Mª Cristina Masaveu Peterson, sin saber muy bien qué quería decir aquello. No elegí ser seleccionado, pero con ello se estableció una relación de seis años que me ha acompañado y posibilitado alimentar mi curiosidad, explorar las formas y los bordes de mi crecer, y ganar autonomía: cada vez hago más lo que he elegido y no lo que me ha sido provisto sin preguntar.

El tiempo me ha demostrado que la intuición era buena. Al abrigo del mecenazgo de la Fundación, como de tantas otras personas cercanas, he podido materializar sueños de la infancia y descubrir nuevos mundos cercanos y lejanos, física y espiritualmente.

A lo largo de esos viajes y experiencias, he descubierto que otra de las claves de mi comportamiento es que busco la intimidad: un lenguaje, una confianza, un vínculo especial; una intimidad como la del oxígeno en la combustión. Con las personas, con los objetos, con las ideas. Porque en la verdadera intimidad se escoge el no escoger: uno se entrega al vínculo, porque es magnético, y tanto la entrega como la naturaleza del vínculo dan sentido.

Yo, Álvaro, soy el resultado de las decisiones de mis mentores -familia, amigos, parejas, Fundación-, que en su generosidad han elegido confiar en mí, dar oportunidad a que brote la intimidad entre nosotros, y permitir que mire al futuro con optimismo e ilusión. Frente a la inexorabilidad del presente, juntos constituimos algo que pervive con autonomía e independencia.

Gijón, 31 de octubre de 2018

PERFIL PROFESIONAL

Álvaro de Vicente Blanco (Gijón, Asturias, 1994), estudió Bachillerato Científico en el Colegio de la Inmaculada Concepción de Gijón con Matrícula de Honor, obteniendo el Premio Extraordinario de Bachillerato del Principado de Asturias. Posteriormente, estudió Medicina en la Universidad Complutense de Madrid, estudios que compagina con el Grado de Psicología por la UNED.

Matrícula de Honor en Bachillerato Científico, Premio Extraordinario de Bachillerato del Principado de Asturias. Beca Europa VII edición, programa de la Universidad Francisco de Vitoria y la Fundación Botín a los 50 mejores alumnos de Bachillerato de España (2012). Beca de colaboración en el Instituto Universitario de Oncología del Principado de Asturias. Beca de Excelencia de la Comunidad de Madrid durante tres convocatorias. Diploma de Admisión a Estudios Universitarios de Grado como poseedor de uno de los cien mejores expedientes presentados en la Universidad Complutense de Madrid (2013). Premio de Innovación en Cirugía por el trabajo “Plataforma  virtual para el desarrollo del conocimiento de los estudiantes de Medicina” (2014). Beca de investigación en “AMGEN Scholars Program” (2014), Beca de investigación en el “EPFL Summer Research Program” (2016),

La Fundación María Cristina Masaveu Peterson reconoció su excelencia académica a través de la V, VI, VII y VIII, IX y X convocatoria (2012-2017)

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